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martes, 20 de octubre de 2026

Compartir también es cuidar

 

Una breve nota titulada “Reenviar no es informar”, firmada por Txell Figuereo Corbella y publicada en el diario El País, desde Eibar (Gipuzkoa), nos invita a hacer una pausa antes de compartir noticias en las redes sociales. Su llamado merece toda nuestra atención: verificar la información también es una responsabilidad ciudadana. A partir de dicha reflexión, me he planteado la siguiente pregunta que intento responder en esta columna: ¿cómo estamos usando las redes para contribuir al bienestar de los demás y al nuestro?

Las redes sociales forman parte de nuestra vida cotidiana: conversamos, nos informamos, mostramos nuestro trabajo y mantenemos el contacto con quienes están lejos. En un territorio insular, donde las distancias y la dispersión geográfica pueden dificultar los encuentros, estas herramientas nos acercan y nos ayudan a organizar respuestas ante necesidades comunes. Una campaña solidaria, la difusión de un emprendimiento local o un mensaje oportuno para acompañar a alguien nos recuerdan todo el bien que podemos hacer a través de ellos.

Los grupos de WhatsApp también son una parte importante de la vida comunitaria: hay grupos de familias, vecinos, apoderados, compañeros de curso y equipos de trabajo. Nos sirven para coordinar actividades, comunicar necesidades y ofrecernos ayuda. Sin embargo, esa cercanía también nos invita a actuar con cuidado. La confianza entre sus integrantes puede llevarnos a creer un rumor o a compartir datos personales que nunca debieron circular. Que un mensaje venga de alguien conocido no significa que sea cierto ni nos da derecho a difundirlo.

En estos espacios, una conversación puede convertirse rápidamente en un juicio colectivo. Una acusación, una captura de pantalla o una fotografía fuera de contexto pueden bastar para que empiecen las descalificaciones. La persona aludida quizá no esté presente, no sepa lo que se dice o no tenga una oportunidad real de responder. Antes de reenviar un mensaje, podemos preguntarnos quién lo publica, qué antecedentes respaldan lo que afirma y si estamos vulnerando la privacidad de alguien. Si compartimos información errónea, también nos corresponde corregirla en el mismo grupo.

Esta reflexión merece especial atención en la cultura escolar. La convivencia que construyen las comunidades educativas también continúa en los teléfonos, incluso después de la última clase. Lo que ocurre en un grupo durante la tarde puede repercutir al día siguiente en la sala, en los silencios del recreo o en el temor de un estudiante a encontrarse con sus compañeros. Educar para convivir también implica hacernos cargo de esos espacios. Entre adolescentes, una burla sobre el cuerpo, la difusión no autorizada de un audio privado, una fotografía convertida en meme o la creación de un grupo para ridiculizar a un compañero pueden causar un profundo dolor. También puede herir la exclusión deliberada de una conversación creada para organizar actividades compartidas. Para quien recibe esas agresiones, el daño puede prolongarse cada vez que alguien vuelve a mostrar, comentar o reenviar el contenido.

Decir “era una broma” no soluciona lo ocurrido. Una broma deja de ser compartida cuando alguien queda expuesto y su sufrimiento se convierte en motivo de diversión. La facilidad con que pulsamos un botón puede hacernos olvidar la magnitud del daño: al otro lado hay una persona que tendrá que volver a clases, encontrarse con quienes participaron y preguntarse cuántas personas más lo vieron. Borrar el mensaje original tampoco garantiza que desaparezcan las copias ni repara, por sí solo, la humillación. Por eso, la responsabilidad también alcanza a quienes observan. Reírse, agregar un comentario o reenviar una imagen amplía la exposición. Quienes forman parte del grupo pueden ayudar a detenerla: no hacer circular el contenido, expresar que ese trato es inaceptable, acompañar en privado a la persona afectada y buscar el apoyo de un adulto de confianza. Pedir ayuda ante una agresión merece todo nuestro respaldo; ningún adolescente debería sentir que debe soportarla para conservar su lugar entre sus pares.

Los adultos también tenemos mucho que revisar en nuestras propias prácticas. Los grupos de apoderados pueden ser espacios valiosos de colaboración, pero también pueden exponer a estudiantes, confrontar a familias o desacreditar a docentes mediante versiones incompletas. Es difícil enseñar respeto si, ante un conflicto, respondemos con insultos o difundimos nombres y fotografías de menores de edad. Las preocupaciones sobre una situación escolar deben plantearse a quienes pueden aclararla y actuar, cuidando la intimidad de las personas involucradas. La escuela y las familias necesitan conversar sobre estas experiencias antes de que causen daño; es importante escuchar cómo los adolescentes viven sus relaciones digitales, qué presiones enfrentan y por qué a veces les cuesta salir de un grupo o contradecir a sus compañeros. Estas conversaciones nos permiten acordar pautas sobre la privacidad, el consentimiento y el trato respetuoso. Cuando ocurre una agresión, corresponde proteger a quien la sufre, detener su difusión y trabajar con quienes participaron para que comprendan las consecuencias y asuman su responsabilidad. Una disculpa puede ser necesaria, pero reparar el daño también requiere acciones y seguimiento.

También es importante reconocer que los jóvenes pueden cuidar de los demás. Un compañero que se acerca a quien quedó solo, una estudiante que se niega a compartir una imagen o un grupo que decide frenar las burlas pueden cambiar el rumbo de una situación. La cultura escolar se construye a partir de esas decisiones cotidianas y de las respuestas de los adultos. El cuidado también puede extenderse a nuestra propia vida, porque podemos preguntarnos cómo nos sentimos después de pasar tiempo en las redes sociales, qué conversaciones dejamos pendientes y cuánto espacio ocupan las pantallas durante el descanso o los encuentros familiares. Poner límites y reservar momentos para estar presentes con otras personas son maneras de proteger nuestro tiempo y nuestra tranquilidad.

Desde nuestras comunidades insulares podemos promover un uso de las redes que fortalezca la confianza y la solidaridad. En cada grupo de WhatsApp, en cada curso y en cada familia tenemos oportunidades para hacerlo. Antes de pulsar “compartir”, vale la pena hacer una pausa: ¿es cierto?, ¿tengo derecho a difundirlo?, ¿qué puede significar para la persona involucrada? Compartir también es cuidar. Y ese cuidado se vuelve especialmente necesario cuando están en juego la dignidad, la confianza y el bienestar de quienes aprenden a convivir.

Publicado en
https://elinsular.cl/2026/10/20/compartir-tambien-es-cuidar/ 



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