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jueves, 13 de agosto de 2026
Apuestas en línea: regulación, vulnerabilidad y bien común
La escuela pública no tiene dueños. Selección escolar y futuro de la educación pública en Chiloé
lunes, 3 de agosto de 2026
La educación pública entre la estrategia y la realidad
La modificación de la Estrategia Nacional de Educación Pública 2020–2028 mantiene sus cinco objetivos originales, pero reorganiza su estructura: ahora cuenta con 21 líneas de acción, 26 indicadores y metas y redefine las responsabilidades entre los diferentes actores, como los establecimientos, los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) y la Dirección de Educación Pública (DEP). Además, destaca aspectos como la salud mental, las trayectorias educativas, la innovación, la infraestructura y la sostenibilidad financiera. Pero la cuestión no es si la nueva ENEP está mejor formulada, sino si cuenta con las prioridades y los recursos necesarios para transformar una realidad educativa compleja; la respuesta está marcada por tensiones.
La primera tensión surge de la brecha entre la amplitud estratégica y la ejecución. La actualización fue tramitada en julio de 2026, pero mantiene como horizonte 2028. Hay dos años para traducir una arquitectura extensa en planes territoriales, presupuestos y resultados verificables. El problema no es la ambición, sino la falta de jerarquización. Cuando aprendizajes, convivencia, asistencia, innovación, liderazgo, infraestructura y equilibrio financiero aparecen como prioridades simultáneas, es difícil determinar qué resolver primero y quién responde por los incumplimientos. Una política integral necesita secuencia, focalización y responsabilidades inequívocas.
La segunda tensión se relaciona con el núcleo pedagógico. La ENEP acierta al enfatizar la gestión curricular y los aprendizajes esenciales, pero los rezagos son desiguales. El Simce 2024 mostró avances en cuarto básico, con 278 puntos en Lectura y 264 en Matemática; sin embargo, en sexto básico, Matemática descendió de 251 puntos en 2018 a 245 en 2024, mientras que en segundo medio los cambios no fueron significativos. En Lectura de segundo medio, el promedio nacional fue de 249 puntos, frente a 236 en el sector público y 234 en los SLEP. Se requiere identificar niveles y territorios rezagados y vincular el apoyo técnico con cambios en la enseñanza.
La tercera tensión consiste en confundir la permanencia administrativa con la trayectoria educativa efectiva. La matrícula no garantiza asistencia ni aprendizaje. En 2025, solo seis de los 26 SLEP activos superaban la asistencia promedio nacional de 86,53%; Atacama registraba 82% y Barrancas menos de 85%. Diez servicios presentaban tasas de desvinculación superiores al promedio nacional, mientras que la revinculación alcanzaba el 40,76%, con algunos territorios por debajo del 30%. Aunque la ENEP incorpora el monitoreo, existe el riesgo de reducirlo a alertas y tableros, sin intervenir en causas como el transporte, la salud mental, la violencia, la pobreza, el trabajo juvenil o la pérdida de sentido escolar. El dato identifica la interrupción, pero no la resuelve.
La cuarta tensión es territorial. Cerca del 68% de los estudiantes de los SLEP son prioritarios y un 22% participa en el Programa de Integración Escolar. Alrededor del 10% de su matrícula corresponde a zonas rurales, pero en el sector municipal, aún no transferido, esa proporción se aproxima al 20%. Las próximas etapas incorporarán territorios con mayores costos, menor densidad estudiantil, dificultades de dotación y brechas de conectividad. Aplicar metas homogéneas sin considerar la ruralidad, el aislamiento, la composición social, la migración, la pertenencia indígena, la educación especial o la de adultos puede producir comparaciones formales, pero injustas. La adaptación territorial debe traducirse en financiamiento diferenciado, dotaciones pertinentes y criterios de evaluación sensibles a las condiciones locales.
La quinta tensión corresponde a la gobernanza. Desde enero de 2026 funcionan 36 SLEP, responsables de más de 640 mil estudiantes y párvulos, de tres mil establecimientos y de cerca de 118 mil trabajadores. La superposición de funciones, la lentitud administrativa y la fragilidad de los equipos intermedios afectan el apoyo pedagógico, los insumos, los reemplazos y la capacidad directiva para resolver problemas cotidianos. El Consejo Evaluador ha advertido de confusiones entre los establecimientos, el SLEP y la DEP. La descentralización solo agrega valor cuando transfiere capacidad real de decisión; de lo contrario, reemplaza la dependencia municipal por una cadena burocrática más extensa, pero no más eficaz.
La sexta tensión es material. La estrategia propone una planificación plurianual, el mantenimiento preventivo y mejores estándares de seguridad y habitabilidad. No obstante, el catastro nacional evaluó 4.765 de aproximadamente siete mil locales y constató deterioro riesgoso en el 40% y daños graves en el 3%. Baños y patios figuran entre los espacios más afectados, junto con fallas eléctricas, cortes de agua, problemas sanitarios, rebalses de fosas sépticas y daños estructurales. La infraestructura condiciona la asistencia, la dignidad y las oportunidades pedagógicas. Exigir calidad sin garantizar condiciones mínimas equivale a pedir mejores resultados a comunidades que atienden necesidades elementales.
La séptima tensión es financiera. El Consejo Evaluador estimó para 2025 un déficit de 250 mil millones de pesos en gastos de personal, equivalente al 16% de la operación de los SLEP. Sin embargo, atribuyó siete puntos porcentuales a licencias médicas de FONASA que los servicios públicos no pueden recuperar; descontado ese factor, el déficit estructural se aproximaría al 9%, sin considerar reemplazos. Parte de la brecha puede atribuirse a sobredotaciones o a problemas de gestión, pero otra proviene de las reglas de financiamiento y del diseño institucional. Presentar el equilibrio presupuestario como mera consecuencia de una mejor administración podría derivar en reducciones de personal que debiliten capacidades esenciales, especialmente en la ruralidad, la educación parvularia y la inclusión.
La octava tensión se refiere a la validez de los indicadores. Observar aulas no demuestra que la retroalimentación mejore la enseñanza; aplicar instrumentos socioemocionales no acredita un mayor bienestar; ejecutar acciones de un Plan de Mejoramiento Educativo no equivale a transformar prácticas; y reducir reclamos no significa que los problemas hayan desaparecido. Cada indicador debe representar el fenómeno que pretende medir, contar con una línea de base comparable y distinguir entre cumplimiento administrativo, resultado e impacto. De lo contrario, el sistema puede mostrar un alto desempeño mientras las escuelas enfrentan las mismas dificultades.
La ENEP actualizada es más completa y, en términos conceptuales, más consistente que su versión original. Pero su prueba no será la coherencia del decreto, sino la capacidad del Estado para priorizar, financiar y ejecutar. La educación pública no mejorará por disponer de más líneas de acción, sino cuando estas se traduzcan en una mejor enseñanza, asistencia regular, liderazgo con autonomía, infraestructura digna y apoyo oportuno a comunidades diversas. La distancia que importa cerrar no es la existente entre la ENEP de 2020 y la de 2026, sino la que separa la estrategia escrita de la experiencia cotidiana de quienes enseñan y aprenden en la educación pública.
Publicada en:
https://opinion.cooperativa.cl/opinion/educacion/la-educacion-publica-entre-la-estrategia-y-la-realidad/2026-07-27/061716.html
https://elinsular.cl/2026/07/27/la-educacion-publica-entre-la-estrategia-y-la-realidad/
https://elquintopoder.cl/educacion/la-educacion-publica-entre-la-estrategia-y-la-realidad/
martes, 21 de julio de 2026
Chiloé y las lluvias: cuando el agua es una bendición
En
gran parte de Chile, la lluvia suele asociarse en el discurso público con
emergencias. Basta con que un frente climático se extienda durante unos días
para que las noticias hablen de calles inundadas, caminos cortados, viviendas
anegadas y servicios colapsados. Así, la lluvia pasa a verse como una amenaza,
casi una anomalía frente a ciudades construidas como si el agua fuera un
visitante ocasional e incómodo. En cambio, en Chiloé, la relación histórica con
la lluvia ha sido distinta. No porque sus habitantes desconozcan sus riesgos ni
porque las precipitaciones intensas sean exentas de dificultades, sino porque
durante siglos el agua que cae del cielo ha sido parte integral del territorio
y de la vida. En el archipiélago, la lluvia no interrumpe necesariamente la
vida; muchas veces la acompaña; ha moldeado el paisaje, ha condicionado la
producción, ha influido en la arquitectura, ha organizado rutinas domésticas y,
quizás de manera más profunda, ha ayudado a formar una comprensión particular
del tiempo, de la comunidad y de la relación entre las personas y la
naturaleza.
Chiloé no sería completo sin su lluvia. La abundancia de sus campos, verdes intensos, bosques, humedales, turberas y ríos forma parte de un sistema natural cuya riqueza depende estrechamente del recurso hídrico. Durante generaciones, la agricultura familiar chilota ha construido su modo de vida en estas condiciones, cultivando papa en múltiples variedades, usando pequeñas huertas, criando animales y manteniendo economías campesinas, todo ello adaptado a un territorio húmedo, fragmentado y relativamente aislado. Incluso donde el mar es la principal fuente de sustento, la lluvia es un elemento integral del paisaje ecológico: tierra y mar no son mundos separados en Chiloé, sino partes de un mismo territorio donde el agua conecta todas las formas de vida; donde el campesino, el pescador y el recolector han aprendido a interpretar el cielo, los vientos, las mareas y las estaciones, desarrollando un conocimiento local que difícilmente puede entenderse solo desde una visión que considera la naturaleza como mero recurso económico.
La arquitectura tradicional también refleja esta adaptabilidad. Las tejuelas de alerce, los revestimientos de madera, las techumbres inclinadas, los corredores y las técnicas constructivas diseñadas para resistir la humedad evidencian una sociedad que no buscaba vencer al clima, sino aprender a convivir con él. Lo mismo puede decirse de las iglesias de madera que hoy integran el patrimonio mundial, de los palafitos construidos entre tierra y mar, o de las antiguas viviendas campesinas alrededor del fogón. En estos espacios, la lluvia adquiere un carácter social y, cuando llueve durante horas o días, la vida se traslada al interior; el fuego, la cocina y las conversaciones cobran mayor importancia. Muchas historias, leyendas y memorias familiares de Chiloé seguramente se transmitieron durante esas largas jornadas en las que el clima obligaba a estar juntos. Así, la lluvia pudo haber fortalecido en silencio una cultura centrada en la oralidad, la conversación y los relatos, esenciales para comprender la riqueza mitológica del archipiélago.
Pero sería insuficiente pensar que la lluvia solo ha influido en las actividades económicas o en las expresiones materiales. También parece haber moldeado una determinada actitud cultural en sus habitantes, pues el chilote tradicional desarrolló una relación con el tiempo menos subordinada a la urgencia y más alineada con los ciclos naturales. Se esperaba a que mejorara el clima para navegar, a que bajara la marea para mariscar, o a que llegara la estación adecuada para sembrar o cosechar. Esta experiencia duradera de adaptación a circunstancias que no podían controlarse por completo probablemente fomentó valores como la paciencia, la perseverancia y cierta humildad ante la naturaleza. Por supuesto, no se trata de idealizar una identidad chilota homogénea ni de atribuir al clima características morales de forma automática. Las sociedades cambian, las nuevas generaciones modifican sus costumbres y el Chiloé actual es mucho más complejo que las imágenes tradicionales que solemos evocar. Sin embargo, todavía existe una memoria cultural en la que la adversidad climática no siempre se percibe como una desgracia, sino como una condición de la existencia a la que hay que adaptarse, ayudarse y seguir adelante.
De ahí proviene, probablemente, uno de los rasgos más profundos de la cultura chilota: la solidaridad comunitaria. La minga es su expresión más conocida, pero no la única. Históricamente, tareas como trasladar una casa, cosechar, enfrentar dificultades familiares o realizar trabajos colectivos requerían la cooperación de vecinos y parientes. En zonas aisladas, con condiciones climáticas duras y recursos limitados, nadie podía ser completamente autosuficiente; por eso, la comunidad no era una simple abstracción social, sino una necesidad práctica. Quizás por ello en Chiloé aún se valoran mucho la reciprocidad, la palabra empeñada, la hospitalidad y la ayuda mutua. Estos valores, aunque pueden verse afectados por la modernización económica, siguen formando parte de una identidad propia. Frente a la imagen actual del individuo autosuficiente, la historia de Chiloé nos recuerda algo fundamental: en territorios difíciles, las sociedades sobreviven gracias a la cooperación.
La relación con la lluvia en Chile cobra, además, una relevancia inesperada en la actualidad. Aunque muchos territorios enfrentan años de sequía, pérdida de fuentes de agua y una creciente inseguridad hídrica, lo que en su momento parecía una desventaja climática ahora revela su gran valor. En Chiloé, la lluvia sigue sustentando ecosistemas vitales y constituye un patrimonio natural que debe protegerse como una responsabilidad colectiva. Esto no significa negar los problemas de disponibilidad de agua potable, especialmente en zonas rurales, ni ignorar las amenazas a los humedales, las turberas y las cuencas. La paradoja de un territorio con lluvias abundantes, donde algunas comunidades aún enfrentan dificultades de abastecimiento, demuestra que el agua no depende únicamente de la cantidad de lluvia, sino también de cómo se conserva, se administra y se protege el territorio. Por eso, las lluvias en Chile deberían enseñarnos una nueva forma de entender el desarrollo, en la que no basta con contar con recursos naturales, sino que es fundamental aprender a cuidarlos.
Tal vez por eso, en muchas ciudades chilenas, la lluvia se presenta casi siempre como una amenaza, pero en Chiloé todavía puede recibirse de otra manera. Se sabe que embarrará los caminos, retrasará algunos trabajos y obligará a ajustar los planes; sin embargo, también llenará las vertientes, nutrirá los campos, humedecerá los bosques y prolongará ese verde profundo, una de las imágenes más emblemáticas del archipiélago. La lluvia cae sobre los techos de teja, golpea las ventanas, envuelve los canales y se desvanece lentamente en las praderas. Y, mientras cae, parece recordar algo que nuestra sociedad moderna olvida con facilidad: que no toda dificultad es una catástrofe y que lo que molesta nuestra vida presente puede ser, al mismo tiempo, esencial para mantener la vida futura. En Chiloé, donde generaciones aprendieron a vivir bajo el agua que cae del cielo, la lluvia nunca ha sido solo mal tiempo, sino paisaje, memoria, sustento y cultura. Quizás por eso, mientras para otros significa una interrupción, para los chilotes sigue siendo, en lo más profundo de su historia, una silenciosa bendición.
Publicado en
https://elinsular.cl/2026/07/20/chiloe-y-las-lluvias-cuando-el-agua-es-una-bendicion/
https://elquintopoder.cl/ciudadania/chiloe-y-las-lluvias-cuando-el-agua-es-una-bendicion/
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