En educación, que una escuela funcione no implica necesariamente que esté mejorando. Puede cumplir con las normas, administrar sus recursos, elaborar planes y mantener sus actividades en marcha, pero sigue lejos de aquello que justifica su existencia: ofrecer mejores oportunidades de aprendizaje a sus estudiantes.
Esa es una de las principales conclusiones de un estudio doctoral sobre el liderazgo directivo en los tres liceos municipales de Castro, basado en información recogida en 2019. Sus percepciones muestran una diferencia significativa entre la capacidad de administrar los establecimientos y la de conducir pedagógicamente a sus comunidades. Los docentes evaluaron favorablemente el desarrollo y la gestión institucional, con un 83,33%, y la construcción de una visión estratégica compartida, con un 78,19%. En cambio, el desarrollo de las capacidades profesionales alcanzó un 59,84%, mientras que el liderazgo de la enseñanza y el aprendizaje obtuvo la valoración más baja: 56,49%.
El estudio muestra, por ejemplo, que un 63% de los docentes no reconocía una identificación y una priorización adecuadas de sus necesidades de desarrollo profesional; la observación de clases con retroalimentación sistemática dividía las opiniones en partes iguales; también había una valoración limitada de los espacios permanentes de reflexión y trabajo técnico. Esto nos obliga a preguntarnos qué entendemos por liderazgo escolar, ya que dirigir un liceo no puede consistir únicamente en responder a las urgencias, ejecutar presupuestos o satisfacer los requerimientos del sistema. Tampoco basta con que una autoridad tenga estudios, experiencia administrativa o un cargo obtenido mediante concurso. La autoridad viene con el nombramiento; el liderazgo debe construirse en la relación cotidiana con los actores de la comunidad educativa.
Los profesores consultados lo expresaron con claridad. Esperan directivos que conozcan la enseñanza, comprendan los problemas de la práctica y sean capaces de acompañar los procesos de mejora. Pero también demandan cercanía, escucha, transparencia, reconocimiento y participación efectiva en la toma de decisiones. No se trata de elegir entre la competencia técnica y la calidad humana; ambas son inseparables. Una observación de aula puede entenderse como fiscalización o como una oportunidad de aprendizaje, según la confianza previamente construida. Una exigencia puede movilizar al equipo o provocar resistencia, según la coherencia, la claridad y el respeto con que se plantee.
Los establecimientos pueden estar organizados, cumplir con las exigencias legales y comunicar sus metas, pero también mostrar complejidades más allá de lo formal, como las debilidades en el acompañamiento a quienes enseñan. La gestión administrativa parece haber establecido procedimientos y rutinas, pero el liderazgo pedagógico sigue siendo una tarea pendiente. Esta diferencia importa porque la mejora educativa no ocurre principalmente en formularios, plataformas ni informes, sino en las salas de clase, en la preparación de una actividad, en la retroalimentación que recibe un profesor, en la detección temprana de un estudiante que comienza a quedarse atrás y en la capacidad de un equipo para revisar sus prácticas sin temor a ser castigado. Aquí también radica el valor de la investigación educativa para la gestión pedagógica. Investigar permite pasar de las impresiones aisladas a un diagnóstico fundamentado, identificar brechas que la rutina puede volver invisibles y orientar decisiones sobre la formación, el acompañamiento y el uso del tiempo. La evidencia no reemplaza el juicio profesional ni ofrece recetas automáticas, pero ayuda a formular mejores preguntas y a evaluar si las acciones directivas realmente llegan a la enseñanza. Como plantea Robinson (2011), el liderazgo escolar adquiere especial relevancia cuando las decisiones y prácticas de los directivos se orientan explícitamente al aprendizaje de los estudiantes.
En una comunidad como la nuestra, el liderazgo también requiere conocimiento del territorio. Dirigir un establecimiento de Chiloé exige comprender las trayectorias de sus estudiantes, las condiciones de sus familias, la identidad de cada comunidad y las dificultades particulares de un territorio insular. Los modelos uniformes pueden servir de orientación, ofrecer un marco para la actuación, pero no sustituyen la capacidad de interpretar la realidad local.
Desde enero de 2025, los establecimientos públicos de Castro forman parte del Servicio Local de Educación Pública Chiloé. Por eso, aunque los datos del estudio corresponden a 2019 y no describen automáticamente la situación actual, constituyen una valiosa línea de base. Permiten formular una pregunta que debería interesar a toda la comunidad: ¿el cambio institucional ha logrado acercar la dirección de los liceos al trabajo pedagógico cotidiano? Responderla requiere volver a escuchar a profesores, estudiantes, asistentes, familias y equipos directivos. No para buscar culpables ni para convertir las percepciones en sentencias definitivas, sino para conocer qué ha cambiado y qué dificultades persisten. Una reforma educativa demuestra su valor cuando transforma la experiencia de las comunidades, no solo cuando modifica la estructura administrativa.
El desafío para la nueva educación pública en Chiloé consiste, entonces, en evitar que la gestión absorba al liderazgo. Los directivos necesitan tiempo protegido para observar, conversar y acompañar; formación para ofrecer retroalimentación útil; redes de colaboración; apoyo técnico continuo y una autonomía acompañada de responsabilidad y recursos. También deben reconocer que el conocimiento pedagógico no se concentra en una sola oficina. Está distribuido entre docentes, jefaturas técnicas, profesionales de apoyo y otros integrantes de la comunidad. Liderar no es repartir tareas menores, sino conectar esas capacidades, confiar responsabilidades sustantivas y construir acuerdos sobre cómo mejorar.
Nuestros liceos necesitan estar bien administrados, por supuesto. Pero necesitan, sobre todo, ser comunidades en las que los adultos también aprendan. Cuando la dirección logra que los profesores compartan experiencias, revisen evidencias, reconozcan dificultades y encuentren soluciones colectivas, la gestión deja de ser un fin en sí misma y comienza a ponerse verdaderamente al servicio de los estudiantes. Ese es el paso pendiente: avanzar desde el cumplimiento hacia el aprendizaje, y desde la autoridad que decide hacia el liderazgo que convoca.
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https://elinsular.cl/2026/09/23/de-administrar-liceos-a-liderar-aprendizajes/