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martes, 21 de julio de 2026

Chiloé y las lluvias: cuando el agua es una bendición

En gran parte de Chile, la lluvia suele asociarse en el discurso público con emergencias. Basta con que un frente climático se extienda durante unos días para que las noticias hablen de calles inundadas, caminos cortados, viviendas anegadas y servicios colapsados. Así, la lluvia pasa a verse como una amenaza, casi una anomalía frente a ciudades construidas como si el agua fuera un visitante ocasional e incómodo. En cambio, en Chiloé, la relación histórica con la lluvia ha sido distinta. No porque sus habitantes desconozcan sus riesgos ni porque las precipitaciones intensas sean exentas de dificultades, sino porque durante siglos el agua que cae del cielo ha sido parte integral del territorio y de la vida. En el archipiélago, la lluvia no interrumpe necesariamente la vida; muchas veces la acompaña; ha moldeado el paisaje, ha condicionado la producción, ha influido en la arquitectura, ha organizado rutinas domésticas y, quizás de manera más profunda, ha ayudado a formar una comprensión particular del tiempo, de la comunidad y de la relación entre las personas y la naturaleza.

Chiloé no sería completo sin su lluvia. La abundancia de sus campos, verdes intensos, bosques, humedales, turberas y ríos forma parte de un sistema natural cuya riqueza depende estrechamente del recurso hídrico. Durante generaciones, la agricultura familiar chilota ha construido su modo de vida en estas condiciones, cultivando papa en múltiples variedades, usando pequeñas huertas, criando animales y manteniendo economías campesinas, todo ello adaptado a un territorio húmedo, fragmentado y relativamente aislado. Incluso donde el mar es la principal fuente de sustento, la lluvia es un elemento integral del paisaje ecológico: tierra y mar no son mundos separados en Chiloé, sino partes de un mismo territorio donde el agua conecta todas las formas de vida; donde el campesino, el pescador y el recolector han aprendido a interpretar el cielo, los vientos, las mareas y las estaciones, desarrollando un conocimiento local que difícilmente puede entenderse solo desde una visión que considera la naturaleza como mero recurso económico.

La arquitectura tradicional también refleja esta adaptabilidad. Las tejuelas de alerce, los revestimientos de madera, las techumbres inclinadas, los corredores y las técnicas constructivas diseñadas para resistir la humedad evidencian una sociedad que no buscaba vencer al clima, sino aprender a convivir con él. Lo mismo puede decirse de las iglesias de madera que hoy integran el patrimonio mundial, de los palafitos construidos entre tierra y mar, o de las antiguas viviendas campesinas alrededor del fogón. En estos espacios, la lluvia adquiere un carácter social y, cuando llueve durante horas o días, la vida se traslada al interior; el fuego, la cocina y las conversaciones cobran mayor importancia. Muchas historias, leyendas y memorias familiares de Chiloé seguramente se transmitieron durante esas largas jornadas en las que el clima obligaba a estar juntos. Así, la lluvia pudo haber fortalecido en silencio una cultura centrada en la oralidad, la conversación y los relatos, esenciales para comprender la riqueza mitológica del archipiélago.

Pero sería insuficiente pensar que la lluvia solo ha influido en las actividades económicas o en las expresiones materiales. También parece haber moldeado una determinada actitud cultural en sus habitantes, pues el chilote tradicional desarrolló una relación con el tiempo menos subordinada a la urgencia y más alineada con los ciclos naturales. Se esperaba a que mejorara el clima para navegar, a que bajara la marea para mariscar, o a que llegara la estación adecuada para sembrar o cosechar. Esta experiencia duradera de adaptación a circunstancias que no podían controlarse por completo probablemente fomentó valores como la paciencia, la perseverancia y cierta humildad ante la naturaleza. Por supuesto, no se trata de idealizar una identidad chilota homogénea ni de atribuir al clima características morales de forma automática. Las sociedades cambian, las nuevas generaciones modifican sus costumbres y el Chiloé actual es mucho más complejo que las imágenes tradicionales que solemos evocar. Sin embargo, todavía existe una memoria cultural en la que la adversidad climática no siempre se percibe como una desgracia, sino como una condición de la existencia a la que hay que adaptarse, ayudarse y seguir adelante.

De ahí proviene, probablemente, uno de los rasgos más profundos de la cultura chilota: la solidaridad comunitaria. La minga es su expresión más conocida, pero no la única. Históricamente, tareas como trasladar una casa, cosechar, enfrentar dificultades familiares o realizar trabajos colectivos requerían la cooperación de vecinos y parientes. En zonas aisladas, con condiciones climáticas duras y recursos limitados, nadie podía ser completamente autosuficiente; por eso, la comunidad no era una simple abstracción social, sino una necesidad práctica. Quizás por ello en Chiloé aún se valoran mucho la reciprocidad, la palabra empeñada, la hospitalidad y la ayuda mutua. Estos valores, aunque pueden verse afectados por la modernización económica, siguen formando parte de una identidad propia. Frente a la imagen actual del individuo autosuficiente, la historia de Chiloé nos recuerda algo fundamental: en territorios difíciles, las sociedades sobreviven gracias a la cooperación.

La relación con la lluvia en Chile cobra, además, una relevancia inesperada en la actualidad. Aunque muchos territorios enfrentan años de sequía, pérdida de fuentes de agua y una creciente inseguridad hídrica, lo que en su momento parecía una desventaja climática ahora revela su gran valor. En Chiloé, la lluvia sigue sustentando ecosistemas vitales y constituye un patrimonio natural que debe protegerse como una responsabilidad colectiva. Esto no significa negar los problemas de disponibilidad de agua potable, especialmente en zonas rurales, ni ignorar las amenazas a los humedales, las turberas y las cuencas. La paradoja de un territorio con lluvias abundantes, donde algunas comunidades aún enfrentan dificultades de abastecimiento, demuestra que el agua no depende únicamente de la cantidad de lluvia, sino también de cómo se conserva, se administra y se protege el territorio. Por eso, las lluvias en Chile deberían enseñarnos una nueva forma de entender el desarrollo, en la que no basta con contar con recursos naturales, sino que es fundamental aprender a cuidarlos.

Tal vez por eso, en muchas ciudades chilenas, la lluvia se presenta casi siempre como una amenaza, pero en Chiloé todavía puede recibirse de otra manera. Se sabe que embarrará los caminos, retrasará algunos trabajos y obligará a ajustar los planes; sin embargo, también llenará las vertientes, nutrirá los campos, humedecerá los bosques y prolongará ese verde profundo, una de las imágenes más emblemáticas del archipiélago. La lluvia cae sobre los techos de teja, golpea las ventanas, envuelve los canales y se desvanece lentamente en las praderas. Y, mientras cae, parece recordar algo que nuestra sociedad moderna olvida con facilidad: que no toda dificultad es una catástrofe y que lo que molesta nuestra vida presente puede ser, al mismo tiempo, esencial para mantener la vida futura. En Chiloé, donde generaciones aprendieron a vivir bajo el agua que cae del cielo, la lluvia nunca ha sido solo mal tiempo, sino paisaje, memoria, sustento y cultura. Quizás por eso, mientras para otros significa una interrupción, para los chilotes sigue siendo, en lo más profundo de su historia, una silenciosa bendición.

Publicado en

https://elinsular.cl/2026/07/20/chiloe-y-las-lluvias-cuando-el-agua-es-una-bendicion/

https://elquintopoder.cl/ciudadania/chiloe-y-las-lluvias-cuando-el-agua-es-una-bendicion/



martes, 14 de julio de 2026

Educar cuando el futuro parece ausente


Las discusiones sobre liderazgo escolar, convivencia, bienestar emocional y exigencias académicas sitúan a la institución en el centro del debate público. Muchas se centran en los síntomas en vez de las causas, cuestionando si la escuela debe ser más acogedora o exigente, priorizar la salud mental o el aprendizaje, o servir como refugio o reafirmar su misión. Sin embargo, la verdadera dificultad no es la tensión entre cuidado y exigencia, sino la pérdida de una esperanza que dé sentido al esfuerzo educativo. Antes, la escuela podía exigir, por creer en un porvenir prometedor, que estudiaran y respetaran normas, lo que conducía a una vida mejor; hoy, la incertidumbre, la fragilidad social, la desconfianza en las instituciones, la aceleración tecnológica y la menor certeza del futuro han debilitado esa promesa. La escuela pide esfuerzo en una sociedad que tiene más dificultades para ver por qué vale la pena ese esfuerzo.
Hace décadas, Erich Fromm (1968) señalaba que la esperanza es fundamental para la existencia humana, no como un optimismo ingenuo ni como una expectativa pasiva, sino como la creencia activa de que el futuro puede modificarse mediante nuestras acciones. Viktor Frankl (1946) llegó antes a una conclusión similar tras sobrevivir a los campos de concentración nazis, al observar que las personas pueden soportar grandes sufrimientos si encuentran un sentido que justifique su esfuerzo y sacrificio. Más recientemente, Byung-Chul Han (2024) ha destacado que una de las enfermedades espirituales de nuestra época es la pérdida de la esperanza como fuerza que impulsa la historia. En su obra "El espíritu de la esperanza", argumenta que las sociedades contemporáneas parecen cada vez más incapaces de imaginar futuros compartidos y se ven atraídas por la gestión del presente incierto. Esto resulta particularmente relevante para la educación, ya que aprender siempre implica apostar por el futuro. Ningún estudiante se compromete con el conocimiento solo por satisfacción inmediata, sino porque cree, explícita o implícitamente, que dicho aprendizaje abrirá nuevas posibilidades. Cuando la esperanza disminuye, también lo hacen la disposición al esfuerzo, la capacidad de postergar gratificaciones y la perseverancia ante las dificultades; por ello, gran parte de la crisis educativa actual puede entenderse como una crisis de sentido, una dificultad creciente para ofrecer a las nuevas generaciones razones convincentes para comprometerse con el futuro.

Esta pérdida de horizonte ayuda a comprender el debilitamiento de la autoridad pedagógica en la vida escolar. Durante mucho tiempo, las sociedades confiaron en los educadores por su responsabilidad de transmitir conocimientos, valores y formas de convivencia. Hannah Arendt (1961) vio la educación como una responsabilidad hacia un mundo que precede a los jóvenes y que debe conocerse antes de transformarlo; Victoria Camps (2008) añadió que ninguna educación democrática puede avanzar sin autoridad, ya que la autonomía, la deliberación y el pensamiento crítico requieren orientación y referentes; autoridad que, en la educación, no significa autoritarismo ni obediencia ciega, sino responsabilidad docente y reconocimiento social. Sin embargo, las sociedades actuales tienen más dificultades para legitimar esta tarea, lo que se evidencia en agresiones, cuestionamientos, judicialización y pérdida de prestigio, reflejo de una transformación cultural más profunda, pero que sigue exigiendo que los profesores formen ciudadanos responsables y autónomos, pero a su vez, debilitamos las condiciones simbólicas que permiten ejercer la autoridad, que no es solo disciplina o convivencia, sino una crisis en el reconocimiento de la función educativa en una era que valora la autonomía pero olvida sus condiciones culturales.

La educación nunca ha dependido exclusivamente de las instituciones escolares. La familia constituye el primer ámbito en el que se aprenden normas, hábitos y formas de interacción; las organizaciones comunitarias fortalecen el sentido de pertenencia y el compromiso colectivo; los medios de comunicación configuran imaginarios culturales y modelos de comportamiento; las instituciones religiosas, deportivas y sociales contribuyen a la formación ética y ciudadana; y el Estado proporciona las condiciones estructurales necesarias para el desarrollo humano y la cohesión social. Entonces, cuando estas instancias cumplen adecuadamente sus funciones, la escuela puede concentrarse en su labor principal, pero cuando se descuidan o abandonan sus responsabilidades formativas, la escuela termina siendo la única receptora de expectativas que ninguna otra institución, por muy eficaz que sea, puede satisfacer por sí sola. Así, muchas de las tensiones actuales en los establecimientos educativos no tienen su origen en las escuelas; reflejan responsabilidades educativas que paulatinamente han sido transferidas de otros ámbitos sociales, por lo que pretender que la escuela resuelva problemas cuyo origen está fuera de ella no solo resulta injusto, sino también altamente ineficaz.

Por consiguiente, el debate educativo contemporáneo debería centrarse en las condiciones culturales que posibilitan la educación, en lugar de en falsas dicotomías. En lugar de interrogarnos si la escuela debe ser un refugio o una exigencia, deberíamos cuestionarnos cómo reconstruir una sociedad capaz de brindar esperanza a sus jóvenes, de reconocer la autoridad legítima de los educadores y de asumir colectivamente la responsabilidad de formar a las futuras generaciones. La escuela puede desempeñar un papel fundamental en esa labor, pero no puede hacerlo de manera aislada; puede transmitir conocimientos, desarrollar habilidades, fomentar hábitos intelectuales y ampliar los horizontes del entendimiento; asimismo, puede constituirse en uno de los escasos espacios donde aún se experimenten el respeto, la cooperación y el encuentro con los demás. En tiempos de incertidumbre, la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde una sociedad puede transmitir a las nuevas generaciones algo más que información, sino también una comprensión del mundo, un sentido de responsabilidad y una esperanza razonable respecto del futuro. Cuando olvidamos esa misión, la discusión entre refugio y exigencia pierde profundidad, porque la verdadera tarea de la escuela nunca ha sido escoger entre ambas. Su tarea siempre ha sido educar.


Referencias

Arendt, H. (1996). Entre el pasado y el futuro. Península. (Obra original publicada en 1961).
Camps, V. (2008). Creer en la educación: la asignatura pendiente. Península.
Frankl, V. (2021). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946).
Fromm, E. (1968). La revolución de la esperanza. Fondo de Cultura Económica.
Han, B.-C. (2024). El espíritu de la esperanza. Herder.

Publicado en:

https://elquintopoder.cl/educacion/educar-cuando-el-futuro-parece-ausente/
https://elinsular.cl/2026/07/07/educar-cuando-el-futuro-parece-ausente/


miércoles, 1 de julio de 2026

Más allá de la pelota: el Mundial como espejo del siglo XXI


Cada cuatro años, el Mundial de Fútbol logra algo que pocas instituciones, gobiernos o plataformas digitales logran hoy en día: captar la atención de miles de millones de personas simultáneamente. Durante semanas, personas de distintos idiomas, religiones, ideologías y fronteras siguen los mismos eventos, discuten las mismas jugadas y comparten emociones colectivas. En un mundo marcado por la fragmentación cultural, la personalización por algoritmos y la dispersión de las audiencias, la Copa del Mundo sigue siendo uno de los pocos eventos verdaderamente globales. Más que un torneo deportivo, el Mundial se ha convertido en un espejo que refleja algunas de las tensiones más profundas del siglo XXI.

La primera de ellas es la relación entre la globalización y la identidad. Durante décadas se sostuvo que la creciente integración económica, tecnológica y cultural conduciría a una progresiva dilución de las identidades nacionales, pero el Mundial parece demostrar exactamente lo contrario, ya que las selecciones continúan movilizando sentimientos de pertenencia extraordinariamente intensos y las banderas, los himnos y los relatos nacionales conservan una capacidad de convocatoria que muchas instituciones políticas han perdido. Sin embargo, estas identidades ya no son las mismas que en el siglo pasado, pues el torneo muestra naciones cada vez más complejas, atravesadas por migraciones, diásporas y procesos de mestizaje cultural que desafían las antiguas definiciones homogéneas de pueblo y nación.

Ninguna región expresa mejor esta transformación que Europa. Varias de sus selecciones son hoy el resultado visible de décadas de inmigración africana y árabe, y de la poscolonialidad. Francia, Inglaterra, Bélgica o los Países Bajos constituyen ejemplos evidentes de sociedades cuya identidad contemporánea no puede comprenderse sin esos procesos migratorios. Allí emerge una paradoja particularmente significativa, pues mientras una parte importante del debate político europeo considera la inmigración una amenaza cultural o social, el fútbol muestra que muchos de los símbolos actuales del orgullo nacional son precisamente hijos y nietos de esos movimientos migratorios. El Mundial deja al descubierto una verdad incómoda para ciertos nacionalismos contemporáneos: la Europa actual es inseparable de su diversidad. En contraste, otras selecciones reflejan trayectorias históricas distintas. Países como Argentina, Japón, Corea del Sur o Uzbekistán exhiben composiciones sociales más homogéneas y relatos nacionales construidos a partir de experiencias diversas. Pero incluso allí surgen preguntas pertinentes. ¿Qué grupos forman parte del relato nacional y cuáles permanecen invisibilizados? ¿Qué memorias se celebran y cuáles se omiten? El Mundial permite observar, en apenas noventa minutos, procesos históricos, demográficos y culturales que normalmente requieren décadas para hacerse visibles.

Una segunda tensión se relaciona con las nuevas formas de pertenencia colectiva. Uno de los fenómenos más interesantes de este Mundial es la movilización de millones de personas en países que ni siquiera participan en el torneo. Indonesia, Bangladesh, India o Chile siguen con intensidad a selecciones extranjeras y construyen vínculos emocionales que trascienden cualquier frontera nacional. Este fenómeno confirma que las identidades contemporáneas son cada vez más múltiples y electivas, ya que una persona puede sentirse simultáneamente parte de una nación, de una comunidad cultural, de una diáspora o de una afición deportiva global. Esta capacidad resulta especialmente significativa porque convive con una tendencia aparentemente opuesta: mientras el Mundial reúne a miles de millones de personas en una conversación común, gran parte de la cultura contemporánea se vuelve cada vez más local. La música, las plataformas digitales y los consumos culturales muestran una reafirmación creciente de identidades nacionales, regionales y comunitarias, que, lejos de generar una cultura homogénea, la globalización parece haber estimulado una búsqueda renovada de raíces y pertenencias específicas. El Mundial constituye, así, una paradoja fascinante: un acontecimiento universal que permite la expresión simultánea de diferencias particulares.

La tercera tensión se refiere a las contradicciones internas de la globalización. Aunque nunca antes había habido un Mundial tan inclusivo en el deporte, esta apertura coexiste con restricciones migratorias, dificultades con los visados y controles fronterizos que evidencian los límites reales de la integración global. Mientras el torneo celebra la circulación internacional de equipos, marcas y transmisiones, millones de personas aún enfrentan obstáculos para desplazarse entre países. Como en otros ámbitos de la economía mundial, el capital viaja más fácilmente que las personas. La mercantilización del espectáculo también crece, lo que, desde un punto de vista económico, convierte el Mundial en un éxito indiscutible: las audiencias alcanzan cifras históricas, los ingresos aumentan y el fútbol se consolida como una industria global. Sin embargo, este éxito tiene costos culturales: durante décadas, la Copa del Mundo fue una festividad popular que reunía diferentes clases sociales y tradiciones nacionales, pero el aumento de los costos de participación, la expansión de los espacios corporativos y la transformación del aficionado en consumidor reflejan cómo la lógica del mercado afecta cada vez más experiencias que antes eran bienes colectivos.

Quizá por eso, el Mundial resulta tan cautivador para quienes miran más allá del marcador. Porque en él confluyen muchas de las grandes cuestiones de nuestro tiempo: la relación entre inmigración e identidad, la continuidad de la nación en un mundo cada vez más globalizado, la búsqueda de comunidad en sociedades fragmentadas, las tensiones entre mercado y cultura, y las contradicciones entre discursos de apertura y prácticas de exclusión. Sin embargo, pese a todas estas tensiones, millones de personas siguen reuniéndose frente a una pantalla para celebrar, discutir, sufrir y esperar. Tal vez esa sea la lección más profunda del torneo: en una era marcada por el individualismo y la pérdida de espacios comunes, los humanos siguen necesitando experiencias que les recuerden que forman parte de algo más grande que sus propias vidas. Por eso, el Mundial es mucho más que fútbol. No porque resuelva las contradicciones del siglo XXI, sino porque las pone en evidencia y nos permite, durante unas semanas, contemplarlas en conjunto. Su grandeza no yace solo en lo que sucede en la cancha, sino en lo que revela fuera de ella: pueblos que buscan reconocimiento, hinchadas que construyen comunidad, naciones que actualizan sus memorias, mercados que gestionan la celebración y sociedades que, a pesar de todo, continúan necesitando celebrar juntas. El fútbol demuestra que no es solo un juego, sino una de las formas más poderosas de representar el mundo en la actualidad. El fútbol vuelve a mostrar que no es solo un juego; es, quizás, una de las manifestaciones más auténticas del mundo que estamos construyendo.

Publicado en

https://elquintopoder.cl/ciudadania/mas-alla-de-la-pelota-el-mundial-como-espejo-del-siglo-xxi/

https://elinsular.cl/2026/06/30/mas-alla-de-la-pelota-el-mundial-como-espejo-del-siglo-xxi/

https://www.ulagos.cl/opinionulagos/mas-alla-de-la-pelota-el-mundial-como-espejo-del-siglo-xxi/


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