Mario García Álvarez pertenece a esa zona decisiva de la poesía del sur de Chile en la que la escritura chilota dejó de ser leída como expresión costumbrista o puramente localista para constituirse en una forma mayor de pensamiento cultural. Profesor y poeta, su obra se inscribe en la tradición del Taller Aumen y dialoga con una constelación de autores del sur —Rosabetty Muñoz, Carlos Trujillo, Sergio Mansilla, Nelson Torres— que hicieron del archipiélago no solo un paisaje, sino también una categoría de memoria, pérdida, resistencia y lenguaje.
En Los palafitos… del paisaje, García ya había trabajado la relación entre territorio, subjetividad y desarraigo. Sin embargo, Palabras de golpe(s) parece desplazar esa matriz hacia un registro más frontalmente histórico-político. El territorio permanece, pero ya no como centro contemplativo; aparece como último refugio de lo humano cuando la historia se vuelve amenaza, represión, negacionismo y derrota.
Leo Palabras de golpe(s) que Mario ha tenido la amabilidad de compartir (a costa de un amigo). El libro está organizado en torno a una palabra axial: «golpe». Pero no se remite solo al acontecimiento político de 1973, aunque este aparece como referencia insoslayable, sino también al golpe corporal, al golpe moral, al golpe de la historia, al golpe del lenguaje y al golpe de la memoria cuando vuelve sobre aquello que no ha cicatrizado. En Rewind, la memoria no es un archivo ordenado ni una reconstrucción histórica lineal. El hablante afirma que “la memoria nada tiene que ver con la historia”. Esta distinción es fundamental. La historia puede pretender secuencia, causalidad, documentación; la memoria, en cambio, aparece como resto, respiración, fragmento, canción flotante, aire que se enciende y se apaga. El poema instala así una poética de la rememoración quebrada: recordar no es explicar, sino volver a sentir el daño.
El poema "Cuando te fusilen" me parece uno de los más fuertes del conjunto, ya que convierte la escena del fusilamiento en una experiencia al mismo tiempo física, política y cósmica. Las balas no solo atraviesan el cuerpo, sino que también arrasan con “las ideas”, “los recuerdos” y “los pulmones”. La violencia oficial no busca solo matar, sino también destruir la subjetividad, la memoria y la forma de pertenecer al mundo. Sin embargo, el poema ofrece una respuesta radical: “sentirás tus islas y tus árboles”. Frente al pelotón, aparece Chiloé —ríos, mareas, oleaje— como una comunidad protectora. El territorio no es solo un paisaje; es una fuerza de salvación. Las mareas “no te dejarán morir”. En esta imagen se refleja una visión ética del territorio: el individuo puede ser derrotado físicamente, pero no aniquilado por completo si mantiene viva la memoria territorial; la muerte puede ser política, pero el territorio surge como un amparo.
En Palabras de tierra firme, el hablante declara que si lo roban, lo engrillan o le disparan, las palabras serán su “tierra firme”. Esta formulación es decisiva. Para un poeta chilote, cuya imaginación suele estar atravesada por islas, mareas, orillas y la navegación, decir “tierra firme” equivale a buscar un punto de apoyo frente a la intemperie. Aquí, la palabra cumple una función ontológica que no solo comunica, sino que también sostiene el ser. Incluso si el cuerpo pierde un brazo, un ojo o un oído, el yo no se reduce a esas pérdidas. El poema sostiene una antropología de la resistencia, donde el sujeto es más que su mutilación, más que su derrota, más que el daño que la violencia le inflige.
En Paisaje de tejuela y zinc en Chiloé, recupera con nitidez la matriz chilota de García. La tejuela y el zinc condensan una estética material del sur: precariedad, intemperie, oficio, casa, lluvia, abrigo. Pero el poema no idealiza el territorio, porque detrás de los ángeles tejidos a crochet aparecen miserias, heridas, derrotas y la muerte. La “magia” no es una evasión folclórica; es una forma de resistencia simbólica. La comunidad ha cubierto sus miserias con magia, ha lamido sus heridas con palabras, ha invertido sus derrotas mediante el lenguaje. En este punto, García se distancia de cualquier postal turística de Chiloé. Su Chiloé es bello, sí, pero también pobre, herido, mortal, desgarrado; es un territorio donde la belleza no cancela el dolor, sino que lo ilumina.
El poema más explícitamente generacional es "Nuestra generación terminó". Allí el sujeto colectivo habla desde una experiencia de derrota, cansancio y lucidez. La generación aparece “con la cabeza y la memoria rotas”, atravesada por lacrimógenas, noticias, combates, silencios, deudas, tarjetas de crédito, canciones, traiciones y sobrevivencias. El poema no es nostálgico en sentido literal, no idealiza a la generación derrotada, pero la acusa: algunos se convencieron, otros se olvidaron, otros se vendieron. La frase “business is business” irrumpe como síntesis brutal de la conversión neoliberal de antiguas convicciones. La memoria política se cruza aquí con la crítica moral al acomodo, a la domesticación y al olvido; opera como un testamento político y como una acusación moral. Sí, porque el cierre es todavía más fuerte: “los desaparecidos no aparecieron”, mientras el horizonte se llenó de “aparecidos”. Esa contraposición tiene una enorme densidad ética, ya que los verdaderamente ausentes siguen ausentes y los falsos presentes ocupan el espacio público. Es una acusación contra el negacionismo, la simulación memorial y la banalización de la historia.
La página 114 introduce una dimensión contemporánea de gran relevancia. El fascismo aparece como maleza doméstica: crece “como el pasto”, “desde debajo de los muebles”, “como un árbol de Navidad en el centro de la casa”. La imagen es notable porque desplaza el fascismo del campo excepcional de la catástrofe a la vida cotidiana, y no llega únicamente con botas; llega con palabras sensibles: “familia, libertad, seguridad”. Allí, el libro alcanza una evidente actualidad política al presentar al fascismo como lenguaje normalizado, como moral doméstica, como promesa de orden; y el negacionismo aparece como una venda que quiere imponerse a los ojos. La referencia a Google y a la inteligencia artificial también es relevante, pues García contrapone la memoria vivida a la memoria artificializada, digital, estetizada, manipulable. “Sabemos lo que somos”, dice el hablante, no porque lo haya certificado un dispositivo, sino porque el cuerpo y la generación conservan cicatrices que ninguna tecnología puede reemplazar.
Palabras de golpe(s) parece ser una obra de madurez, pero no de pacificación, porque es un libro escrito desde una herida que no acepta cerrarse falsamente. Su núcleo no es solo recordar el golpe, sino mostrar que el golpe continúa en el cuerpo social, en el lenguaje político, en el negacionismo, en la domesticación neoliberal, en la conversión de antiguos ideales en consumo, en la amenaza renovada del fascismo. La grandeza del libro, según estos poemas, radica en no separar la memoria política del territorio, donde Chiloé no es un refugio sentimental, sino una reserva ética, en la que las islas, las mareas, las tejuelas, el zinc, los pájaros y los ríos no decoran la historia, sino que la confrontan. En García, la palabra poética se vuelve un contragolpe, pues no deshace la violencia, sino que impide que el olvido la venza por completo.
Si Los palafitos… del paisaje fue un libro sobre la identidad territorial, Palabras de golpe(s) parece ser un libro sobre la cicatriz histórica que esa identidad todavía lleva. Y precisamente por eso constituye, a mi juicio, una de las obras más políticas y memoriales de la trayectoria de Mario García Álvarez.
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