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jueves, 13 de agosto de 2026

La escuela pública no tiene dueños. Selección escolar y futuro de la educación pública en Chiloé

La discusión sobre la posibilidad de reintroducir mecanismos de selección en la admisión escolar suele presentarse como un debate técnico: cómo asignar cupos, cómo reconocer el mérito, cómo atender las preferencias familiares o cómo resolver la sobredemanda en ciertos establecimientos. Sin embargo, lo que está en juego es la propia definición de la educación pública y, en particular, quién tiene derecho a acceder a ella.
Esta pregunta adquiere una importancia especial en Chiloé, donde la gran mayoría de niños y jóvenes se educa en establecimientos públicos ubicados en ciudades, pequeñas localidades, sectores rurales e islas interiores. En muchos de esos lugares, la escuela o el liceo no es simplemente una alternativa educativa, sino una de las instituciones centrales de la comunidad, un espacio de encuentro, de continuidad territorial, de movilidad social y de presencia efectiva del Estado.

Por eso conviene afirmar desde el comienzo un principio que debiera anteceder cualquier discusión sobre algoritmos o modalidades de admisión: la escuela pública pertenece a todos precisamente porque no tiene propietarios sociales de sus vacantes. Sus cupos no pertenecen al director, a los docentes, a quienes ya estudian allí, a determinados barrios ni a las familias con mejores resultados académicos. Son oportunidades educativas financiadas por toda la sociedad y destinadas a garantizar un derecho.

Las familias, naturalmente, deben poder expresar sus preferencias y buscar el establecimiento que consideren más adecuado para sus hijos. Muy distinta es la situación cuando se concede a una institución pública la facultad de escoger qué estudiantes considera más apropiados, meritorios o compatibles con su ingreso. En ese momento, la escuela deja de limitarse a organizar una comunidad educativa y comienza a clasificar a quienes tienen derecho a integrarla.

Chile ya conoce esa historia. Durante décadas, distintos establecimientos seleccionaron mediante pruebas, entrevistas a las familias, observación de los niños, antecedentes escolares, exigencias económicas indirectas o criterios vinculados a la supuesta adhesión al proyecto educativo. El problema no fue solamente la arbitrariedad evidente; también operaron filtros aparentemente neutrales que, en la práctica, favorecían a quienes disponían de mayor capital cultural, mejores condiciones familiares, mayor información o trayectorias escolares más exitosas.

La idea de que ciertas escuelas pueden reservarse para determinados estudiantes conlleva un riesgo especialmente grave cuando se pretende justificar la selección por mérito. La educación pública no puede renunciar a la excelencia, al esfuerzo ni a las altas expectativas; pero una cosa es valorar el desempeño una vez que el estudiante está dentro del sistema y otra muy distinta es utilizar su rendimiento previo como barrera de entrada a mejores oportunidades. En especial durante la infancia y la adolescencia, los resultados académicos reflejan no solo el esfuerzo individual, sino también las desigualdades de origen: condiciones familiares, acceso temprano a la lectura, calidad de la educación inicial, conectividad, transporte, tiempo disponible en el hogar y múltiples factores que los niños no controlan. Por ello, convertir esas diferencias iniciales en criterios de admisión puede terminar por premiar como mérito lo que muchas veces constituye una ventaja acumulada.

En un territorio como Chiloé, además, la selección podría producir efectos especialmente complejos, ya que los establecimientos más demandados tienden a concentrar a estudiantes con mejores trayectorias escolares y mayor asistencia, así como a familias con más información y mejores condiciones para acompañar sus procesos educativos. Otros establecimientos, en cambio, reciben proporcionalmente a quienes enfrentan mayores dificultades académicas, sociales o familiares. Con el tiempo, este proceso puede convertirse en un círculo vicioso, donde las escuelas que seleccionan a estudiantes con mejores condiciones obtienen resultados más altos; esos resultados aumentan su prestigio; el prestigio eleva la demanda; y la mayor demanda amplía su capacidad de elección. En el extremo opuesto, los establecimientos que concentran los mayores desafíos registran resultados más bajos, pierden reputación y pueden comenzar a ser evitados por algunas familias.

Así se construye una jerarquía escolar que posteriormente atribuimos exclusivamente a la calidad de las instituciones, cuando una parte de sus resultados deriva simplemente de quiénes fueron admitidos en cada una. La verdadera excelencia pública no consiste en seleccionar a quienes tienen mayores probabilidades de éxito, sino en demostrar cuánto puede hacer una escuela con los estudiantes a quienes la sociedad le confía. Un establecimiento de excelencia es aquel que logra desarrollar talentos, superar dificultades, reducir brechas, ampliar horizontes y acompañar trayectorias diversas. Seleccionar a los mejores antes de comenzar el proceso educativo puede mejorar los indicadores, pero no necesariamente demuestra una mayor capacidad pedagógica.

La cuestión también tiene una consecuencia social a largo plazo. La escuela no solo distribuye aprendizajes, sino que también genera experiencias de convivencia. Allí, los niños conocen a personas distintas, aprenden a colaborar con otros y descubren que pertenecen a una comunidad más amplia que su familia o su grupo de origen. En Chiloé, territorio históricamente construido sobre fuertes vínculos comunitarios y la pertenencia local, esta dimensión no es menor. Si comenzamos a distribuir tempranamente a los estudiantes en circuitos escolares diferenciados según el rendimiento, el origen familiar o la capacidad de elección, disminuyen las experiencias compartidas entre grupos diversos. La desigualdad educativa comienza entonces a convertirse en una brecha social.

Una sociedad que separa tempranamente a sus niños termina enseñándoles, incluso sin proponérselo, que existen distintos circuitos de oportunidades para distintas personas. Por eso la respuesta frente a los problemas actuales de admisión no debiera ser restaurar la selección, sino fortalecer la calidad del conjunto del sistema de educación pública. Si determinadas escuelas concentran en exceso la demanda, el objetivo estratégico debería ser contar con muchas más escuelas y liceos capaces de generar confianza en las familias. Eso exige mejorar la infraestructura, la estabilidad de los equipos docentes, el liderazgo directivo, el transporte escolar, los apoyos especializados, la innovación pedagógica, la convivencia y las oportunidades formativas. La solución no puede consistir en gestionar mejor la escasez de establecimientos prestigiosos, sino en reducirla progresivamente.

Por supuesto, el sistema de admisión actual puede mejorarse. Se pueden revisar sus aspectos rígidos, facilitar la comprensión, ampliar la información para las familias y encontrar soluciones equitativas para las instituciones con alta demanda. Sin embargo, hay una frontera que la educación pública no debería cruzar: permitir que una entidad estatal decida qué niños merecen acceder a mejores oportunidades educativas. Los estudiantes difieren en habilidades, intereses, talentos, dificultades y trayectorias. Por eso existe la educación, para potenciar esas diferencias, no para usarlas como criterio anticipado para distribuir oportunidades.

La escuela pública pertenece a todos precisamente porque no tiene propietarios sociales de sus vacantes. Esa afirmación contiene mucho más que una simple regla de admisión. Expresa una idea específica de sociedad: una comunidad en la que el lugar de nacimiento, los recursos culturales de la familia o el rendimiento alcanzado a determinada edad no definan de forma prematura las oportunidades futuras.

En Chiloé, donde la educación pública continúa siendo uno de los principales espacios de integración social y territorial, defender ese principio no significa solo proteger un mecanismo de ingreso. Significa preservar una institución común. Y, finalmente, defender la posibilidad de que la escuela siga siendo uno de los pocos lugares donde todos tienen, verdaderamente, derecho a entrar.

Publicada en
https://elinsular.cl/2026/08/10/la-escuela-publica-no-tiene-duenos-seleccion-escolar-y-futuro-de-la-educacion-publica-en-chiloe/

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