En el debate actual sobre la educación superior, uno de los cambios conceptuales más importantes —aunque aún poco analizado en las universidades— se refiere a la resignificación de las prácticas formativas. Normalmente vistas como etapas finales para aplicar conocimientos o para prepararse para el trabajo, estas prácticas han sido interpretadas desde una lógica principalmente técnico-instrumental. Se consideran herramientas para una inserción temprana en el mundo laboral, orientadas a fortalecer habilidades específicas y mejorar la empleabilidad. Sin embargo, el contexto universitario chileno actual exige reevaluar críticamente esta visión.
La incorporación de la Vinculación con el Medio (VcM) como una función esencial de la educación superior, especialmente después de la publicación de la Ley N° 21.091 y la revisión de los criterios de acreditación por parte de la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), ha generado un debate más profundo: ¿qué tipo de relación debe tener hoy la universidad con su entorno y qué implicancias tienen estas relaciones en los aspectos curriculares, epistemológicos y pedagógicos? La interrogante no es pequeña, porque en realidad no se trata solo de una adaptación normativa o de un ajuste procedimental para cumplir con los requisitos de calidad, sino que también se discute el verdadero sentido de la formación universitaria y, en particular, el papel que desempeñan las prácticas en la construcción de una universidad pública regional con pertinencia social.
Durante muchos años, el paradigma principal de la formación profesional funcionó con una lógica bastante estable, en la que la universidad generaba conocimiento y formaba capital humano avanzado. El entorno —como el mercado laboral, las instituciones públicas o el sector productivo— servía de espacio para validar y aplicar ese conocimiento. Esta relación, fuertemente influida por una lógica transferencial, se basaba en la creencia implícita de que el conocimiento legítimo se producía principalmente en la academia y luego se transfería a otros actores considerados receptores de ese saber. No obstante, los desafíos contemporáneos han tensionado radicalmente esta arquitectura epistemológica, ya que las desigualdades territoriales, la crisis socioambiental, las transformaciones del trabajo, la fragmentación institucional y las crecientes demandas de pertinencia han evidenciado los límites de una universidad desvinculada de las dinámicas reales de los territorios. En este contexto, la vinculación con el medio introduce un cambio paradigmático al desplazar la idea de transferencia unilateral hacia un horizonte de reciprocidad, interacción y co-construcción de conocimiento.
Este tránsito tiene profundas implicancias para las prácticas formativas. En efecto, si se acepta que la universidad ya no puede concebir al entorno como un mero escenario de aplicación, sino como un interlocutor epistémico legítimo, entonces las prácticas dejan de ser exclusivamente espacios de entrenamiento profesional para convertirse en dispositivos curriculares complejos de aprendizaje situado, de producción de conocimiento contextualizado y de construcción de valor público. En este contexto, la discusión sobre las prácticas formativas no puede limitarse a cuestiones operativas —horas, convenios, supervisión o instrumentos de evaluación—, sino que debe cuestionar críticamente el tipo de racionalidad formativa que guía estos procesos.
Una primera tensión surge entre la empleabilidad y la responsabilidad pública. Es claro que las universidades deben capacitar a profesionales con sólidas habilidades técnicas y capaces de insertarse en mercados laborales cada vez más complejos. Sin embargo, limitar la formación a una perspectiva de capital humano ignora las dimensiones éticas, políticas y territoriales de las profesiones, ya que un profesional universitario no solo realiza procedimientos especializados, sino que también interpreta contextos, mediatiza conflictos, toma decisiones en situaciones de incertidumbre y participa en realidades socialmente contextualizadas.
Desde esta perspectiva, las prácticas son un espacio esencial para desarrollar no solo habilidades técnicas, sino también el juicio profesional, la responsabilidad social y la capacidad de deliberar sobre problemas complejos. La experiencia práctica no debe limitarse a dominar los aspectos técnicos del oficio, sino que también debe fomentar procesos reflexivos que ayuden a comprender las estructuras sociales, institucionales y territoriales en las que tiene sentido el ejercicio profesional. Aquí, la idea de «reflective practitioner» propuesta por Donald Schön es particularmente relevante, ya que la verdadera profesionalización no solo consiste en adquirir habilidades técnicas, sino también en reflexionar críticamente sobre la propia acción, cuestionar supuestos, reinterpretar experiencias y ajustar decisiones en contextos complejos. Desde esta óptica, una práctica que carece de reflexión crítica difícilmente puede ofrecer una experiencia formativa profunda.
Una segunda tensión surge en la relación entre la intervención y la reciprocidad. Aún persisten enfoques en los que la relación entre la universidad y el entorno se estructura mediante esquemas asistencialistas o extractivos, en los que el territorio se concibe como objeto de observación, como campo de práctica o como espacio en el que el estudiantado “aplica” conocimientos previos. Sin embargo, este enfoque refuerza jerarquías epistemológicas problemáticas, ya que asume que el conocimiento válido solo reside en la universidad, relegando a las comunidades, organizaciones o instituciones externas a un rol secundario. La perspectiva de Vinculación con el Medio desafía esta lógica, pues su principio de bidireccionalidad requiere reconocer que el territorio también genera conocimientos, experiencias, racionalidades y capacidades interpretativas, esenciales para comprender los problemas contemporáneos y las prácticas formativas. Desde este enfoque, no deberían limitarse a intervenir en las realidades, sino también a aprender de ellas.
Esta diferencia es clave para el trabajo académico. No toda actividad fuera del campus se considera, por definición, vinculación con el medio; la simple externalización de tareas curriculares no tiene impacto transformador sin pertinencia territorial, interacción significativa con actores externos, contribución verificable al entorno y procesos sistemáticos de integración curricular y reflexión. Por ello, el desafío para el cuerpo académico no es solo añadir componentes de VcM como anexos metodológicos a las asignaturas, sino revisar críticamente los supuestos pedagógicos y epistemológicos que sustentan nuestras prácticas docentes, lo que implica pasar de modelos centrados en la transmisión disciplinaria a enfoques de aprendizaje situado, experiencial y dialógico; fortalecer los mecanismos de sistematización de evidencias e impacto; y, sobre todo, entender que el territorio no es un espacio periférico respecto a la universidad, sino un elemento fundamental de su misión formativa.
Para una universidad pública regional como la Universidad de Los Lagos, esta discusión cobra especial importancia. Su legitimidad no se basa solo en indicadores de productividad académica o de empleabilidad, sino también en su capacidad para abordar las complejidades de los territorios donde opera, caracterizados por desigualdades estructurales, ruralidad, brechas de acceso, interculturalidad, sostenibilidad ambiental y fortalecimiento social. En este contexto, las prácticas formativas pueden convertirse en uno de los mecanismos curriculares más eficaces para promover una universidad comprometida con su territorio. Sin embargo, esto requiere dejar atrás una visión limitada de la práctica como mero entrenamiento profesional.
Lo esencial, quizás, no sea simplemente cómo integrar la vinculación con el entorno en las prácticas, sino cómo reconfigurarlas desde esa misma lógica. Esta distinción no es meramente semántica, sino que reconoce que formar profesionales en el siglo XXI requiere educar a personas capaces de co-crear conocimiento, actuar éticamente en situaciones complejas y entender que la legitimidad profesional solo se logra cuando aporta al bienestar colectivo y al desarrollo territorial. Al fin y al cabo, la práctica universitaria no solo es un espacio para aprender una profesión, sino también un lugar donde la universidad define su relación con la sociedad a la que pertenece.
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https://www.ulagos.cl/opinionulagos/la-practica-como-desafio-universitario-vinculacion-con-el-medio-formacion-profesional-y-responsabilidad-publica/
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