Los recientes resultados de la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) en la Región de Los Lagos vuelven a poner en evidencia una tensión estructural del sistema educativo, como es la persistente brecha entre los estudiantes de los establecimientos con financiamiento público y aquellos provenientes de los colegios particulares pagados. Mientras el 90,2% de quienes rindieron la prueba -7.176 egresados distribuidos en 176 establecimientos públicos- obtuvieron un promedio de 580 puntos; mientras que 783 estudiantes del sector pagado -el 9,8% concentrados en 17 establecimientos- alcanzó un promedio cercano a los 735 puntos. La diferencia, superior a 150 puntos, no es un accidente estadístico; es un fenómeno social.
La pregunta central no es nueva, pero sigue siendo incómoda: ¿qué estamos midiendo realmente cuando evaluamos el “mérito” académico en un sistema profundamente desigual? Desde la
sociología de la educación, estos resultados pueden interpretarse como una expresión concreta de la
reproducción social. Hace bastante
Bourdieu y Passeron, en
Los herederos (1964) y luego en
La reproducción (1970) señalaron que el sistema escolar tiende a legitimar como capacidades individuales aquello que es, en gran medida, herencia social. En este sentido, la PAES no solo evalúa aprendizajes, sino que traduce en puntajes las desigualdades previas de
capital económico, cultural y simbólico acumuladas a lo largo de la trayectoria educativa.

Los
estudiantes de colegios particulares pagados suelen disponer de un capital
cultural alineado con los códigos dominantes del sistema escolar y
universitario, como el dominio del lenguaje académico, la familiaridad con las evaluaciones
estandarizadas, el acceso a preparación externa y desarrollo en entornos
familiares con alta escolaridad. Bourdieu denomina a esta coherencia entre
origen social y expectativas institucionales un habitus compatible con
el éxito escolar. En contraste, los estudiantes del sistema público -mayoritario
en la Región de Los Lagos- enfrentan un desajuste estructural entre sus
condiciones de origen y las exigencias implícitas del sistema de selección
universitaria.
Entonces, atribuir esta brecha a una supuesta “mala calidad” de la educación pública resulta conceptualmente erróneo y políticamente funcional. La calidad educativa no puede analizarse al margen de las
condiciones de educabilidad, es decir, del conjunto de factores sociales, económicos y culturales que hacen posible el aprendizaje, lo cual, en territorios marcados por la
ruralidad, la dispersión geográfica y el desigual acceso a los bienes culturales -como ocurre en amplias zonas de la Región de Los Lagos- estas condiciones son estructuralmente más adversas, y sino decisivas, condicionantes.
A ello se suma un rasgo distintivo del sistema chileno, como es la segregación escolar. En efecto, la
OCDE ha señalado de manera reiterada que
Chile presenta uno de los sistemas educativos más segregados de los países miembros, con efectos directos sobre los aprendizajes y las trayectorias educativas (OECD, 2019). En regiones, esta segregación se entrelaza con desigualdades territoriales, lo que permite afirmar que no solo se aprende distinto según el origen social, sino también según el lugar que se habita.
En
este contexto, la PAES opera como un dispositivo de selección que presupone
igualdad de oportunidades de partida. Sin embargo, desde una perspectiva de
justicia educativa, dicha presunción resulta insostenible, ya que como plantea John
Rawls en Teoría de la Justica (1971), las desigualdades solo son
moralmente aceptables si benefician a los menos aventajados, entonces, cuando
las reglas del juego amplifican las ventajas iniciales, el mérito pierde
legitimidad como criterio distributivo.
Este debate no es ajeno a la discusión sobre calidad y aseguramiento que promueve la
Comisión Nacional de Acreditación (
CNA). Si la
calidad de la educación superior -y de sus procesos de acceso- se define en relación con la equidad, la pertinencia territorial y la contribución al desarrollo regional, entonces resulta problemático sostener un sistema de admisión que reproduce sistemáticamente brechas de origen. La pregunta que debiera interpelar a las políticas educativas regionales no es solo cómo mejorar puntajes (aprendizajes), sino cómo construir trayectorias educativas justas y contextualizadas, que reconozcan la diversidad territorial y social del estudiantado.
Los resultados PAES en la Región de Los Lagos no hablan de falta de talento ni de escaso esfuerzo, sino de un país que sigue confundiendo igualdad formal con justicia real, y que continúa evaluando a sus estudiantes como si todos hubieran recorrido el mismo camino. Mientras esta ficción persista, la educación pública seguirá cargando con la exigencia de la igualdad de resultados, pero desde una desigualdad de partida estructural, y sin las condiciones estructurales para cumplir la promesa de una posterior igualdad de oportunidades.
https://elquintopoder.cl/educacion/paes-y-justicia-educativa-cuando-la-desigualdad-se-normaliza-como-merito/
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