Desde el punto de vista epistemológico, la obra se inscribe en una tradición que cuestiona los relatos hegemónicos de la nación y del progreso. A través de la crónica -entendida no como género menor, sino como forma de producción de conocimiento- Montiel articula memoria social, microhistoria y reflexión política; trabaja con indicios, huellas y fragmentos de experiencia local que permiten iluminar procesos históricos de larga duración, particularmente aquellos vinculados a la postergación estructural de Chiloé.
Uno de los ejes más significativos del libro es la relectura crítica del proceso de anexión de Chiloé a la República de Chile en 1826. En un momento en que el país discute nuevamente los fundamentos del pacto político-territorial -ya sea a través de procesos constitucionales, demandas de descentralización o cuestionamientos al centralismo-, las crónicas de Montiel ponen en evidencia que la integración de Chiloé fue, desde sus orígenes, una integración asimétrica. Tal como sugiere Walter Benjamin (2008), la historia oficial tiende a narrarse desde la perspectiva de los vencedores; la crónica, en cambio, permite leer el pasado “a contrapelo”, revelando continuidades de subordinación que aún estructuran el presente. Este libro debiera ser lectura de nuestros estudiantes secundarios en nuestro país.
Esta perspectiva resulta particularmente pertinente frente a los debates contemporáneos sobre el modelo de desarrollo aplicado al archipiélago. Las crónicas dedicadas al Puente sobre el canal de Chacao constituyen un ejemplo elocuente, donde Dante Montiel no discute la obra únicamente en términos de conectividad o infraestructura, sino que la sitúa como símbolo de una racionalidad desarrollista exógena, diseñada desde el centro y escasamente dialogante con las lógicas culturales, sociales y ambientales del territorio. En este punto, la obra dialoga con la crítica a los modelos de desarrollo que desconocen las ontologías locales y reducen los territorios a espacios funcionales para la acumulación o la integración logística.
Asimismo, el libro se vincula con los debates actuales sobre patrimonio, sostenibilidad y soberanía cultural, especialmente en lo relativo a la agricultura tradicional chilota y al reconocimiento del sistema SIPAM. Montiel no idealiza estas prácticas, pero las presenta como expresiones de una racionalidad histórica que desafía la lógica extractivista y homogeneizadora. Desde esta perspectiva, Chiloé aparece no como vestigio del pasado, sino como laboratorio de alternativas culturales frente a la crisis civilizatoria contemporánea.
Otro punto de articulación fundamental con el presente se encuentra en la crítica a la exclusión de la historia local del sistema educativo, algo que me toca en lo personal. En un escenario marcado por debates sobre currículum, evaluación estandarizada y sentido de la educación pública, las crónicas de Montiel evidencian cómo la omisión de Chiloé como sujeto histórico constituye una forma de violencia simbólica (Bourdieu, 1997), que reproduce el centralismo cultural y debilita la construcción de ciudadanía territorial. La obra interpela así la necesidad de una educación situada, capaz de integrar memorias locales y de formar sujetos históricamente conscientes de su pertenencia.
Desde el punto de vista literario, la opción estilística de Montiel -una prosa sobria, contenida, alejada del exotismo, como ha sido su trayectoria- adquiere también un sentido político en el contexto actual. En tiempos en que Chiloé es frecuentemente representado desde el turismo, el folclor o la nostalgia, el autor resiste la folklorización del territorio y reivindica una escritura que, en términos de Michel de Certeau (2000), hace visible las prácticas cotidianas como espacios de producción histórica.
En este marco, Crónicas históricas y contemporáneas de Chiloé puede entenderse como una forma de acción pública a través de la palabra, pues, como señala Hannah Arendt (2005), la política no se reduce a la institucionalidad, sino que emerge allí donde los sujetos narran su mundo común y disputan su significado. Las crónicas de Montiel no ofrecen soluciones técnicas ni programas cerrados, pero sí producen un efecto político fundamental al intentar reinstalar a Chiloé como sujeto de enunciación, capaz de interpelar al Estado, al mercado y a la narrativa nacional.
En un Chile que discute cíclicamente su modelo de desarrollo, su organización territorial y su relación con la memoria, el libro de Dante Montiel Vera recuerda que la crónica no es solo un género literario, sino una práctica crítica de resistencia, un modo de afirmar que los territorios no son periferias silenciosas, sino comunidades históricas que reclaman el derecho a narrarse a sí mismas.

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